Negó con la cabeza.
—No. ¡No tenía ni idea!
Lo abracé con tanta fuerza como pude.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Él se rio, nervioso.
—No empieces a llorar otra vez. Se te va a estropear el maquillaje.
—Me da igual.
—Ya, pero yo he pasado catorce noches haciendo ese vestido. No quiero que lo llenes de lágrimas antes del primer baile.
Me eché a reír.
Y entonces me ofreció la mano.
—¿Bailamos?
—No puedes bailar conmigo. Eres mi hermano pequeño.
—Soy el diseñador. Tengo derecho a inaugurar mi obra.
—Eso no es una regla.
—Lo es esta noche.
Así que acepté.
La música volvió a sonar y bailé con mi hermano en medio del salón.
No bailábamos especialmente bien. Él pisó la falda una vez y yo casi tropecé con mis propios zapatos. Pero nos reímos tanto que terminé olvidándome de quién nos estaba mirando.