Acepté la rehabilitación.
Acepté hablar con una psicóloga.
Y, cuando la trabajadora social me explicó las opciones para denunciar las agresiones y solicitar protección, pedí que me ayudara a dar el siguiente paso.
No porque fuera valiente.
Sino porque estaba cansada de sobrevivir en silencio.
Dos semanas después, recibí una llamada que me hizo temblar.
Era mi suegra.
Contesté porque, durante mucho tiempo, había sido la única persona de su familia que me hablaba con amabilidad.
—¿Qué has hecho? —me preguntó sin siquiera saludar—. Tu marido está destrozado. La policía lo está investigando y todo el mundo está hablando de nosotros.
Cerré los ojos.
Ni una pregunta sobre mis heridas.
Ni una palabra sobre el bebé.
Solo su reputación.
—Me golpeó —respondí.
—Estaba enfadado. Los matrimonios atraviesan momentos difíciles. Si vuelves a casa y retiras la denuncia, podemos arreglarlo.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.