Había pensado que, si soportaba sus humillaciones y obedecía todas sus órdenes, quizá algún día me trataría con cariño.
Ahora comprendía que no había ninguna prueba que pudiera superar para ganarme su respeto.
El problema nunca había sido yo.
Tres días después, el médico me explicó que necesitaría rehabilitación para recuperarme de las lesiones de la columna vertebral. No sabía cuánto tardaría en volver a caminar con normalidad, y algunas secuelas podían persistir.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Podré volver a caminar? —pregunté.
El médico acercó una silla.
—Vamos a trabajar para conseguir la mejor recuperación posible. No quiero prometerte algo que todavía no podemos saber, pero no vamos a dejar de intentarlo.
Por primera vez, alguien me decía la verdad sin utilizarla para asustarme.