Él intentó coger mis llaves, y entonces el doctor finalmente puso fin a la situación.

Me apoyé en la pared y lloré en silencio.

No porque quisiera regresar a aquella época.

Sino porque, por fin, podía recordarla sin estar atrapada en ella.

Había perdido a mi bebé. Había sufrido heridas que quizá me acompañarían durante años. Había tenido que empezar de nuevo cuando apenas tenía fuerzas para levantarme de una cama.

Nada de aquello podía deshacerse.

Pero mi vida no había terminado allí.

Saqué del bolso una pequeña fotografía que guardaba dentro de una funda. No era una imagen de mi marido ni de la casa en la que había sufrido.

Era una fotografía mía, tomada unas semanas antes, sentada en un banco de un parque, con el rostro vuelto hacia el sol.

Sonreía.

No una sonrisa forzada para tranquilizar a los demás.

Una sonrisa verdadera.

Guardé la fotografía y me dirigí hacia la salida.

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