Tomó la figura.
La acomodó bajo su brazo.
Y comenzó a caminar.
Los murmullos regresaron.
—¡Otra vez con eso!
—¡Qué vergüenza!
—¡Grábenla!
El director la vio acercarse.
—¡Renata!
Su voz retumbó en las bocinas.
—Ya le dije que dejara eso donde estaba.
Mi hija continuó.
Subió los escalones.
Se detuvo frente al micrófono.
—Director, solamente necesito treinta segundos.
—Baje esa figura inmediatamente.
—Por favor.
El hombre dio un paso hacia ella.
—Si no obedece, no recibirá su diploma.
Renata sostuvo la figura con una mano.
Con la otra abrió cuidadosamente la parte delantera de la toga.
Sacó un papel doblado.
Lo levantó.
Y dijo una frase que silenció el gimnasio.
—Antes de que vuelvan a burlarse de él, necesito que sepan por qué Emiliano no está aquí.
El director extendió la mano.
—Deme eso.
Renata le entregó el documento.
Era una hoja amarillenta.
Tenía dos páginas.