MI HIJA LLEVÓ UNA FIGURA DE CARTÓN DE TAMAÑO REAL A SU GRADUACIÓN Y MÁS DE DOSCIENTAS PERSONAS SE BURLARON DE ELLA.

Me quedé mirándola.

—Renata, ¿qué es eso?

—Lo voy a llevar a la graduación.

Solté una pequeña risa.

—¿Para qué?

Ella no se rio.

—Porque él también debería estar ahí.

Me acerqué.

Reconocí al muchacho.

Se llamaba Emiliano Cruz.

Había estudiado con Renata durante la secundaria.

Tres años antes lo habían expulsado de la escuela por un incendio en un laboratorio.

Recordaba vagamente el escándalo.

Un bote de basura incendiado.

Daños materiales.

Un profesor que lo había señalado como responsable.

Y un muchacho que desapareció de la escuela de un día para otro.

—Renata, ¿por qué vas a llevar una fotografía de Emiliano?

Mi hija acomodó la toga.

—Mamá, necesito pedirte algo.

—¿Qué cosa?

Me tomó de la muñeca.

—Prométeme que hoy no vas a intervenir.

Fruncí el ceño.

—¿Intervenir en qué?

—Solamente prométemelo.

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