“SOLO LE PIDO ESE PAQUETE DE PAÑALES Y EL ALCOHOL”, ME DIJO EL JOVEN DE LA CICATRIZ MIENTRAS SOSTENÍA UNA ESCOBA. YO YA TENÍA EL TELÉFONO EN LA MANO PARA LLAMAR A LA POLICÍA.

La disciplina.

La lealtad.

La fuerza.

Lo único que le faltaba era una oportunidad.

Muchas veces recordamos a las personas por la primera impresión.

Por la ropa que llevan.

Por las cicatrices que muestran.

Por cómo se ven desde afuera.

Pero la vida me enseñó aquella noche algo que jamás olvidaré.

Las cicatrices no siempre hablan de violencia.

A veces hablan de valentía.

Las manos gastadas no siempre hablan de fracaso.

A veces hablan de sacrificio.

Y las personas que parecen más rotas suelen ser las que más han luchado por alguien a quien aman.

Todavía conservo aquella escoba.

La misma con la que Elías limpió la tienda por primera vez.

Está guardada en una esquina de la bodega.

No porque la necesite.

Sino porque me recuerda algo importante.

Que uno nunca sabe qué batalla está librando la persona que tiene enfrente.

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