“SOLO LE PIDO ESE PAQUETE DE PAÑALES Y EL ALCOHOL”, ME DIJO EL JOVEN DE LA CICATRIZ MIENTRAS SOSTENÍA UNA ESCOBA. YO YA TENÍA EL TELÉFONO EN LA MANO PARA LLAMAR A LA POLICÍA.

Porque de repente aquel muchacho que yo había confundido con un delincuente resultó ser exactamente lo contrario.

Era un hijo intentando salvar a su madre.

Un joven desesperado buscando trabajo.

Alguien que había sido juzgado tantas veces que ya esperaba el rechazo antes de abrir la boca.

Sentí una profunda vergüenza.

Porque yo también había estado a punto de rechazarlo.

Solo por su apariencia.

Salí de detrás del mostrador.

Me acerqué.

Y lo abracé.

Él se quedó rígido.

Como si hubiera olvidado cómo recibir afecto.

Después comenzó a llorar otra vez.

Esta vez sin intentar ocultarlo.

Lloró apoyando la frente sobre mi hombro.

Lloró por el miedo.

Por el cansancio.

Por la impotencia.

Por todos los días en que nadie le había dado una oportunidad.

Cuando finalmente se calmó, lo aparté suavemente.

—¿Cómo te llamas?

—Elías.

—Bueno, Elías.

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