Eran cuidado.
Eran amor.
—¿Y tu familia? —pregunté.
El muchacho soltó una risa amarga.
—Somos solo ella y yo.
Por unos segundos ninguno habló.
Luego señaló su cicatriz.
—Por esto tampoco me quieren contratar.
Yo observé la marca que le atravesaba la ceja.
Siempre había supuesto que provenía de alguna pelea.
De algún problema.
De alguna mala decisión.
Él pareció leer mis pensamientos.
—No fue una pelea de calle.
Volvió a bajar la mirada.
—Fue mi padrastro.
Sentí un escalofrío.
—Tomaba mucho.
Le pegaba a mi mamá desde que yo era niño.
Una noche llegó borracho.
Empezó a golpearla otra vez.
Yo tenía diecisiete años.
Intenté detenerlo.
Y me rompió una botella en la cara.
La tienda quedó en silencio.
—Esa noche lo saqué de la casa.
Nunca volvió.
Se encogió de hombros.
—Pero la cicatriz sí.
No supe qué decir.