Esperaba que robara algo.
Esperaba sorprenderlo tomando mercancía.
Esperaba confirmar todos mis prejuicios.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Durante más de una hora trabajó sin detenerse.
Movió cajas pesadas.
Limpió rincones que ni mis empleados limpiaban.
Lavó la cortina metálica hasta dejarla brillante.
No tocó un solo producto.
No se acercó a la caja registradora.
No tomó absolutamente nada.
Cuando terminó, el negocio parecía otro.
Volvió al mostrador.
Dejó la escoba.
Y me dijo que ya podía revisar.
Fue entonces cuando decidí darle los pañales.
Y algunas cosas más.
Pero la reacción que tuvo al ver la bolsa me dejó completamente paralizada.
Porque aquel muchacho fuerte, de mirada dura y cicatriz en la cara, empezó a llorar delante de mí.
Y cuando finalmente me explicó para quién eran aquellos pañales, sentí una vergüenza tan grande por haberlo juzgado que todavía hoy me cuesta olvidarla.