Se quedó quieto en la entrada.
Sin acercarse demasiado.
Sin levantar la voz.
Y me dijo algo que me desconcertó.
—Doña, no vengo a pedir dinero.
Señaló un estante.
—Solo necesito ese paquete de pañales para adulto y una botella de alcohol.
Fruncí el ceño.
No pidió cerveza.
No pidió cigarros.
No pidió efectivo.
Solo pañales y alcohol.
Luego levantó una escoba que estaba apoyada contra la pared.
—Si me deja limpiar la bodega, trapear los pisos y lavar la cortina de afuera, me los puede descontar del trabajo.
Por alguna razón acepté.
Tal vez fue la forma en que habló.
Tal vez fue la desesperación que intentaba esconder.
O tal vez simplemente tuve curiosidad.
Le entregué una cubeta, jabón y la escoba.
Después me encerré en la oficina y observé todo por las cámaras.
Y confieso algo de lo que hoy me avergüenzo.