En cuanto a Susan, volvimos a vernos una tarde de otoño.
Nos sentamos en mi cocina, junto a la ventana donde Robert solía leer el periódico.
Ella me pidió perdón otra vez.
Esta vez, no intentó justificar sus decisiones.
—Tuve miedo de perderte —dijo—. Y, tratando de evitarlo, hice algo que podía destruir nuestra amistad.
La miré.
—No puedes proteger una amistad ocultándole la verdad a la otra persona.
—Lo sé.
—Y no quiero que vuelvas a decidir por mí qué puedo soportar.
Susan asintió.
Nos quedamos en silencio durante un rato.
Después preparé café.
No fue un perdón completo ni una vuelta mágica a nuestra antigua relación. Fue el comienzo de una etapa diferente, en la que ambas tendríamos que aprender a conocernos de nuevo.
Conservé aquella fotografía de la playa en un marco junto a otra de Susan y yo cuando teníamos ocho años.