Susan asintió, llorando.
Nos colocamos frente al océano.
Una mujer que paseaba cerca se ofreció a tomarnos la fotografía.
Susan me rodeó los hombros con un brazo.
Yo apoyé la cabeza junto a la suya.
Y sonreímos.
No fue una sonrisa despreocupada como las de nuestras fotografías antiguas.
Fue una sonrisa frágil, llena de recuerdos y de preguntas que todavía no tenían respuesta.
Pero era sincera.
Después de tomarla, Susan me devolvió el teléfono.
—Hay algo más que necesito decirte —murmuró.
La miré con cansancio.
—¿Qué más?
—Robert me pidió que te entregara otra cosa si algún día conseguía contarte la verdad.
Sacó un pequeño sobre del bolsillo de su bolso.
Esta vez, mi nombre no estaba escrito con la letra de Robert.
Era la letra de mi hijo.
Abrí el sobre.
Dentro había una nota breve.