Susan sacó mi teléfono del bolso.
—¿Todavía quieres tomarte esa fotografía? —pregunté.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No sé si tengo derecho a pedírtelo.
Miré a la mujer que había sido mi mejor amiga durante cuarenta y dos años.
Recordé las noches en que me había consolado, los cumpleaños, las risas y todas las veces que había estado a mi lado cuando la vida parecía demasiado difícil.
Nada de aquello desaparecía por lo que había hecho.
Pero tampoco podía fingir que su traición no importaba.
—Quiero una fotografía —respondí—. Pero no quiero que sea la última.
Susan se cubrió la boca.
—Margaret…
—No sé cuánto tardaré en volver a confiar en ti. Quizá mucho tiempo. Quizá nuestra amistad nunca vuelva a ser exactamente la misma. Pero no quiero tomar una decisión definitiva mientras todavía estoy intentando comprender lo que ha pasado.