Entonces mi madre cambió de estrategia.
Su voz se volvió más suave.
—Paige, cariño, sé que las cosas fueron difíciles cuando eras joven. Quizá cometimos errores. Pero somos mayores y los niños necesitan estabilidad. ¿No puedes hacer esto por ellos?
Miré a los tres pequeños.
El mayor tenía unos diez años. La niña que estaba a su lado abrazaba un conejo de peluche. El más pequeño parecía a punto de dormirse de pie.
No tenían la culpa de nada.
Y precisamente por eso, no quería convertirlos en armas de una discusión familiar.
—Los niños no tienen la culpa de las decisiones de los adultos —respondí—. Pero eso no significa que puedan instalarse aquí sin mi permiso.
Mi madre dejó de sonreír.
—Entonces, ¿nos vas a dejar en la calle?
—No he dicho eso.
—¿Qué otra cosa podemos hacer?