Era pequeño, pero tenía dos recámaras, una cocina luminosa y un balcón desde el que se veían las copas de los árboles.
Me senté en el suelo, apoyé la espalda contra la pared y lloré.
No lloré por haberme marchado.
Lloré por comprender cuánto tiempo había pasado intentando conseguir la aprobación de personas que siempre encontraban una nueva razón para exigirme algo más.
A media tarde sonó mi teléfono.
Era Daniela.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La tercera vez contesté.
—¿Qué quieres?
—Sofi, tienes que ayudarme.
—¿Con qué?
—Arturo está furioso. Dice que su madre ya pagó un anticipo para los muebles y que ahora no sabemos dónde vamos a vivir.
Cerré los ojos.
—Daniela, yo no les pedí que compraran muebles para mi departamento.
—¡Pero mamá nos dijo que nos lo ibas a dar!
—Pues debiste preguntármelo a mí antes de hacer planes.