Después de ahorrar cinco años para comprar mi primer departamento, escuché a mis padres decir: “¿Y dónde vivirá tu hermana cuando se case si tú te mudas?”. Habían decidido regalarle mi propiedad y dejarme en mi viejo cuarto. No lloré ni supliqué. Simplemente anuncié que también podía vender algo de la casa familiar. Lo que revelé después los dejó aterrados…

Era pequeño, pero tenía dos recámaras, una cocina luminosa y un balcón desde el que se veían las copas de los árboles.

Me senté en el suelo, apoyé la espalda contra la pared y lloré.

No lloré por haberme marchado.

Lloré por comprender cuánto tiempo había pasado intentando conseguir la aprobación de personas que siempre encontraban una nueva razón para exigirme algo más.

A media tarde sonó mi teléfono.

Era Daniela.

Rechacé la llamada.

Volvió a llamar.

La tercera vez contesté.

—¿Qué quieres?

—Sofi, tienes que ayudarme.

—¿Con qué?

—Arturo está furioso. Dice que su madre ya pagó un anticipo para los muebles y que ahora no sabemos dónde vamos a vivir.

Cerré los ojos.

—Daniela, yo no les pedí que compraran muebles para mi departamento.

—¡Pero mamá nos dijo que nos lo ibas a dar!

—Pues debiste preguntármelo a mí antes de hacer planes.

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