No era una carta nueva. Era un sobre que mi padre había encontrado entre sus documentos mientras organizaba la casa.
En el exterior, con su letra inclinada, decía:
«Para Sofía, cuando tenga su propio hogar».
Dentro había una nota breve.
«Mi niña:
Si estás leyendo esto, probablemente ya tengas un lugar al que puedes llamar tuyo.
Quiero que recuerdes que una casa no es solamente un techo. Es el lugar donde puedes cerrar la puerta y descansar sin tener que demostrar que mereces estar allí.
No permitas que el amor se convierta en una deuda que nunca terminas de pagar.
Ayuda cuando puedas, comparte cuando quieras y perdona cuando estés preparada. Pero no entregues tu paz para evitar que otras personas se enfrenten a las consecuencias de sus decisiones.
Te quiero.
Abuela Carmen».
Me senté en el suelo del salón y lloré durante mucho tiempo.