Después de aquella llamada, las cosas comenzaron a cambiar.
Arturo y Daniela dejaron de hablar del departamento como si les perteneciera. Finalmente alquilaron un pequeño apartamento que podían pagar entre ambos y pospusieron la boda para reorganizar sus finanzas.
Mi madre tardó más en aceptar la situación.
Durante varias semanas no me llamó.
Mi padre, en cambio, comenzó a visitarme los domingos. A veces tomábamos café en el balcón y hablábamos de cosas sencillas. Revisamos juntos sus gastos y elaboramos un plan realista para reducir sus deudas.
No le entregué dinero para resolverlo todo de golpe.
Le ayudé a organizarse, a negociar algunos pagos y a encontrar asesoría financiera adecuada.
Por primera vez, nuestra relación empezó a parecerse a la de dos adultos que podían hablar con sinceridad.
PARTE 6: La última sorpresa
Seis meses después de mudarme, recibí una carta de mi abuela Carmen.