No fingí que tenía respuestas que no poseía.
Me senté a su lado.
—Lo entiendo. ¿Puedo preguntarle algo?
Ella me miró con desconfianza.
—¿Qué cosa?
Sonreí suavemente.
—Si pudiera hacer una cosa que le hiciera feliz, aunque fuera pequeña, ¿qué elegiría?
La mujer permaneció en silencio durante un largo rato.
Miró hacia la ventana.
Después bajó la cabeza.
Y, finalmente, comenzó a contarme una historia.
Habló de un jardín que había cuidado durante cuarenta años, de un marido al que había perdido y de una canción que su madre solía cantarle cuando era niña.
Yo escuché.
No miré el reloj.
No intenté acelerar sus palabras.
Y, mientras la tarde avanzaba, comprendí que Eleanor seguía enseñándome cómo acompañar a alguien incluso después de haberse marchado.