No garantizaba que todo saldría bien.
Simplemente abría una puerta.
Una puerta que Eleanor había pasado setenta años esperando que alguien abriera por ella.
## Epílogo: Eleanor nunca estuvo realmente sola
Un año después de nuestra boda simbólica, regresé a su tumba.
Llevaba flores blancas y una pequeña fotografía enmarcada.
La coloqué junto a la inscripción de su nombre.
Después me senté en el banco cercano y abrí el cuaderno donde anotaba las historias de las personas a las que habíamos ayudado.
En la última página escribí:
«Hoy he conocido a una mujer que quiere escuchar el sonido del mar antes de morir. Hemos encontrado una manera segura de llevarla a la costa.
Un hombre quiere volver a ver el taller donde aprendió a trabajar con su padre. Estamos intentando localizar al antiguo propietario.