Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Miré a mi madre.
Durante toda mi vida había conocido sus sacrificios: las largas jornadas en la escuela, los cuadernos que corregía hasta medianoche, los regalos modestos que compraba para sus alumnos con su propio dinero.
Pero nunca había escuchado aquella historia.
Nunca había sabido que uno de aquellos niños se había convertido en el hombre que ahora lloraba frente a ella.
El guardia se volvió hacia mí.
—Señora, no tengo ninguna excusa. Vi a su madre guardar algo en el bolsillo y decidí que sabía quién era antes de preguntarle qué estaba haciendo. La traté como si no mereciera respeto.
Bajó la cabeza.
—No puedo deshacer lo que hice. Pero le pido que me permita disculparme.
Miré la muñeca enrojecida de mi madre y sentí que la indignación regresaba.