El hombre se cubrió el rostro.
—Usted fue la primera persona que me hizo sentir que yo no era un delincuente. Me dijo que un error no tenía por qué decidir el resto de mi vida.
Miró la insignia metálica que mi madre sostenía en la mano.
—Y me regaló esa insignia cuando terminé la escuela. Me dijo que la guardara para recordar que siempre podía elegir ser un hombre mejor.
Mi madre sonrió con tristeza.
—Pensé que la habías perdido.
—Nunca. La mía está en casa, guardada en una caja. Cuando vi la suya, reconocí la forma, pero no me atreví a creer que fuera usted.
Se levantó torpemente, todavía llorando.
—Señorita Elena, usted me salvó la vida. Gracias a usted terminé mis estudios, conseguí un trabajo y pude formar una familia. Tengo dos hijos que nunca han pasado hambre. Todo porque una maestra decidió no abandonarme cuando yo era un niño que nadie quería.