apítulo 2: El objeto que hizo llorar al guardia

El guardia intentó responder, pero apenas conseguía respirar.

Mi madre le puso una mano sobre el hombro.

—Levántese, por favor. No tiene que arrodillarse ante mí.

—Sí, sí tengo que hacerlo —respondió él entre sollozos—. Usted no sabe lo que hizo por mí. Yo era un niño terrible. Nadie quería tenerme en su clase. Mi padre bebía, mi madre se marchó cuando yo tenía seis años y pasaba los días buscando comida donde podía. Robaba porque tenía hambre.

Se secó el rostro con la manga del uniforme.

—Un día, robé un lápiz de su escritorio. Usted me encontró. Yo estaba convencido de que me denunciaría, de que llamaría a la policía o de que me expulsarían de la escuela.

Mi madre asintió lentamente.

—Lo recuerdo.

—Pero usted no hizo nada de eso. Me sentó a su lado, me dio un bocadillo y me preguntó por qué tenía tanta hambre. Cuando le conté lo que ocurría en casa, usted empezó a llevarme comida todos los días. Me ayudó a estudiar y consiguió que pudiera seguir asistiendo a clase.

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