Me abofeteó por su madre y luego se enteró de que yo era el dueño de la mansión.

No llegó a entrar.

El personal de recepción le informó de que yo no estaba disponible y le indicó que cualquier comunicación debía realizarse por medio de los representantes legales.

Me llamó desde la acera.

Esta vez contesté.

—Victoria, necesito hablar contigo.

—Puedes hacerlo a través de Elena.

—¡No quiero hablar con tu abogada! ¡Quiero hablar con mi esposa!

Miré la pared blanca frente a mí.

—Tu esposa te pidió que no la golpearas. Tú decidiste hacerlo.

Silencio.

—Estaba enfadado —murmuró.

—Yo también he estado enfadada muchas veces. Nunca te he golpeado.

—Mi madre me estaba provocando. Tú sabes cómo se pone.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

Incluso entonces, Daniel no podía asumir la responsabilidad de sus actos sin repartirla entre dos mujeres.

—No vuelvas a utilizar a tu madre para justificar lo que hiciste.

—Victoria, por favor. Podemos arreglarlo.

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