En su interior había una copia de un contrato de compraventa.
Reconocí inmediatamente la dirección: era nuestra casa.
Pero la fecha del documento era anterior a la fecha en que Thomas me había contado que sus padres habían comprado su primera vivienda.
Leí el nombre del comprador.
Era Margaret.
Y en el apartado destinado al beneficiario de una futura transferencia de propiedad aparecía el nombre de mi esposo.
Thomas.
Sentí un escalofrío. Si aquel documento era auténtico, significaba que la historia que conocía sobre nuestra casa estaba incompleta.
De pronto, escuché una llave girar en la cerradura.
Eleanor había entrado.
—¿Dónde están? —preguntó desde el pasillo.
No respondí.
Sus pasos se acercaron hasta detenerse frente a la habitación. Cuando apareció en el umbral, su mirada recorrió los documentos extendidos sobre la cama. Durante un segundo, su rostro perdió todo el color.