Sarah tragó saliva.
—Papá nos dijo que había enviado dinero durante años a una cuenta que, según él, tú controlabas. También nos dijo que tú habías pedido que no te llamara porque querías empezar una nueva vida sin él.
Me llevé una mano a la boca.
—Yo nunca recibí ese dinero.
—Lo sabemos, mamá.
—Nunca tuve esa cuenta.
—Lo sabemos.
—¡Yo trabajaba de madrugada y por la noche para pagar la comida! ¡Me perdí las reuniones escolares porque no podía dejar de trabajar! ¡Vendí mis joyas para pagar la hipoteca!
Mi voz se quebró.
—¿Y él os dijo que yo rechazaba su ayuda?
Ninguno respondió.
No hacía falta.
La verdad estaba extendida sobre aquella mesa, en forma de documentos que yo no había visto jamás.
Durante veinte años había creído que mi exmarido había huido de sus responsabilidades.