El trozo de papel temblaba entre mis dedos con tal fuerza que las letras se volvían borrosas ante mis ojos. En el formulario amarillento, que lucía el sello de la policía local, una palabra garabateada a toda prisa comenzaba con mi nombre.

La misma que no había aparecido.

—¿Y por qué no vino ella personalmente?

El policía vaciló.

—Eso tendrá que preguntárselo a ella, señora. Yo solo estoy aquí para entregarle el mensaje.

Se despidió y se marchó.

Yo regresé a la mesa.

Me senté frente a las siete sillas.

Y, por primera vez en toda la noche, dejé de llorar.

Porque el dolor que sentía había cambiado.

Ya no era únicamente la tristeza de una madre olvidada.

Era el miedo de descubrir que quizá había vivido durante años creyendo una historia que no era del todo cierta.

Y necesitaba conocer la verdad.

Aunque me rompiera el corazón.

1. La mañana en que descubrí el secreto

A las nueve y media de la mañana siguiente, me encontraba frente a una pequeña cafetería situada a las afueras de la ciudad.

La dirección de la nota correspondía a un edificio de oficinas.

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