El trozo de papel temblaba entre mis dedos con tal fuerza que las letras se volvían borrosas ante mis ojos. En el formulario amarillento, que lucía el sello de la policía local, una palabra garabateada a toda prisa comenzaba con mi nombre.

No solo por todo lo que les diste.

Y a los sesenta años, después de una vida entera cuidando de los demás, yo también merecía sentarme a la mesa.

FIN.

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