Me retiré antes de que pudiera descubrirme y esperé en el salón, fingiendo que no había visto nada.
Cuando Daniel apareció con la bandeja, llevaba nuevamente aquella sonrisa encantadora.
—Aquí tienes, amor. Tómala mientras está caliente.
Miré la taza y después lo miré a él.
—Daniel, ¿qué pasaría si dejara de tomarla definitivamente?
Su mano se detuvo en el aire.
Durante un segundo, su rostro perdió toda expresión.
Luego se inclinó hacia mí y susurró:
—No deberías hacer eso, Margaret. Podrías arrepentirte.
Aquella noche comprendí que mi matrimonio no solo escondía una mentira. También escondía una amenaza.
Y mientras Daniel se alejaba con la taza todavía intacta, tomé una decisión: al día siguiente buscaría ayuda para protegerme y averiguaría quién estaba al otro lado de aquellas llamadas.
Pero no imaginaba que, antes de que amaneciera, encontraría algo en su despacho que cambiaría por completo mi manera de entender aquellos seis meses de matrimonio.