Esa misma tarde, acompañada por Helen y siguiendo las recomendaciones de mi abogado, regresé a la mansión.
Daniel estaba esperándome en el salón.
Sobre la mesa había dos tazas de té.
Al verlas, sentí que el estómago se me encogía.
—Por fin has vuelto, cariño —dijo, levantándose—. Estaba preocupado por ti.
No me acerqué.
—Necesito que me contestes algunas preguntas.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué preguntas?
—¿Por qué has preparado documentos relacionados con mis bienes? ¿Por qué hay una cuenta de inversión a mi nombre que no reconozco? ¿Y qué has estado añadiendo a mi bebida cada noche?
Daniel permaneció inmóvil.
Por primera vez desde nuestra boda, no encontró una respuesta inmediata.
—Margaret, estás confundida. Alguien te está manipulando.
—Entonces, explícame los documentos.
—Lo hice para protegerte.
—¿De qué?
Apretó los labios.
—De ti misma. Últimamente olvidas cosas, te cansas con facilidad y te preocupas por cualquier tontería. Alguien tenía que ocuparse de tus asuntos.