La llamada terminó.
Miré a Samuel y comprendí que ya no podía seguir esperando a que Daniel me explicara la verdad.
Tenía que descubrirla antes de que él pudiera borrar las pruebas.
Porque la mujer de la fotografía no era la única persona que podía revelar quién era realmente mi esposo.
Aquella noche no pude dormir.
Las palabras de Daniel resonaban en mi cabeza una y otra vez.
«Hay secretos que es mejor no desenterrar».
Durante meses había confundido su insistencia con el cariño, sus regalos con la generosidad y sus promesas con el amor verdadero. Ahora comprendía que necesitaba respuestas, pero también debía protegerme.
A la mañana siguiente, Samuel me llamó.
—Margaret, hemos conseguido verificar parte de la información sobre el matrimonio anterior de Daniel. Necesito que venga al despacho.
Helen me acompañó.
Cuando llegamos, encontré sobre la mesa una copia del certificado matrimonial y varios documentos adicionales.