Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—¿Por qué haría eso?
—No lo sé todo, tía. Te lo juro. Pero escuché una conversación suya con Richard Coleman. Hablaban de una evaluación médica, de unos documentos y de una fecha límite. Daniel decía que necesitaba demostrar que tú ya no podías administrar ciertos asuntos por ti misma.
Me llevé una mano al pecho.
Mi cansancio, mis olvidos y las preguntas insistentes de Daniel sobre mi estado de salud adquirieron un significado aterrador.
—¿Y la bebida? —pregunté—. ¿Sabías algo de lo que añadía a mi taza cada noche?
Patricia guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente para hacerme temblar.
—Patricia, contéstame.
—Vi el frasco una vez —susurró—. Le pregunté qué era y me dijo que eran unas gotas para ayudarte a dormir. Me aseguró que un médico se las había recomendado.