Llevaba más de veinte años confiando en ella.
—Tía Margaret, ¿podemos hablar? —preguntó con voz temblorosa.
—Claro. ¿Qué sucede?
Hubo un silencio.
Después, Patricia pronunció unas palabras que jamás olvidaré.
—Tía, necesito que me perdones. Daniel me prometió que no te haría daño.
Sentí que el teléfono casi se me caía de las manos.
—¿Qué has dicho?
—Por favor, déjame explicártelo. No sabía que las cosas llegarían tan lejos.
Helen se acercó al escuchar mi voz alterada. Le indiqué con un gesto que necesitaba privacidad, aunque mis piernas apenas podían sostenerme.
—Patricia, quiero que me digas la verdad. ¿Qué tiene que ver Daniel contigo?
Ella comenzó a llorar.
—Nos conocimos antes de que ustedes se casaran. Él me buscó porque sabía que yo era tu única familiar cercana. Me preguntó por tu vida, tus propiedades, tus ahorros y los documentos que guardabas en casa.