Capítulo 2: El secreto oculto en mi bebida

Siempre había pensado que eran señales normales de la edad o del estrés.

¿Y si alguien estaba intentando utilizar aquellos síntomas para desacreditarme?

—Señor Coleman —pregunté—, ¿por qué Daniel necesitaría una evaluación así?

—No puedo asegurarle cuál es su intención. Pero, si alguien pretende obtener autoridad sobre sus decisiones financieras, esa cuestión debe examinarse cuidadosamente.

La llamada terminó poco después.

Helen me encontró llorando en silencio.

—No voy a permitir que te destruya —dijo, abrazándome.

Pero yo ya no estaba pensando únicamente en el dinero.

Quería saber quién era el hombre con quien me había casado.

Esa noche, Samuel consiguió una copia de uno de los documentos que Daniel había presentado durante los trámites posteriores a nuestra boda. Todavía faltaban verificaciones, pero había algo que no encajaba: el documento mencionaba una cuenta de inversión que yo jamás había abierto.

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