Me incorporé.
—¿Qué?
—Su abuelo dejó instrucciones para que pudiera recibir apoyo inmediato. Pero el control de ciertos activos deberá administrarse mediante un fideicomiso hasta que cumpla veintiún años.
Asentí.
El dinero era lo último que me preocupaba.
—¿Y la condición?
Arthur abrió otra página.
—Debe terminar sus estudios secundarios y reunirse con una persona que su abuelo nombró como protectora independiente del fideicomiso.
—¿Quién?
—Una mujer llamada Margaret Ellis.
Fruncí el ceño.
—No la conozco.
Arthur sonrió ligeramente.
—Ella sí lo conoce a usted.
Aquella tarde me llevó a una casa enorme rodeada de árboles.
No parecía una mansión de película.
Era una vivienda antigua, con ventanas blancas, un jardín lleno de flores y un columpio de madera.
Una mujer de unos sesenta años nos esperaba en la entrada.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Dios mío… Tienes los mismos ojos que tu madre.