PARTE 2 — LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Pero mi abuelo había pensado en mí hasta el final.

Samuel esperó pacientemente.

Cuando terminé de leer, me entregó una segunda carpeta.

—Hay algo más que debe saber.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Su abuelo estableció un pequeño fideicomiso para mantener la propiedad mientras usted estuviera desplegada.

Me quedé inmóvil.

—Nunca me informaron de eso.

Samuel suspiró.

—Porque hubo irregularidades administrativas que estamos revisando.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué irregularidades?

El abogado abrió la carpeta.

—Durante varios años se solicitaron retiros de dinero supuestamente destinados a reparar la granja.

Miré los documentos.

Había transferencias.

Facturas.

Firmas.

Y el nombre de mi padre.

—¿Cuánto dinero? —pregunté.

Samuel respiró profundamente.

—Aproximadamente doscientos cuarenta mil dólares.

Sentí que las piernas me fallaban.

Mi padre había afirmado ante el juez que llevaba años pagando los gastos de la propiedad.

Pero ahora aparecían documentos que sugerían que alguien había utilizado fondos destinados precisamente a su mantenimiento.

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