Sentí un escalofrío.
Leí el mensaje otra vez.
Después se lo enseñé a Mariana.
—Necesito preguntarte algo —me dijo—. ¿Héctor tiene acceso a tus documentos personales o a tus datos bancarios?
—Cuando vivía conmigo, sabía dónde guardaba algunos papeles. Pero nunca le entregué las escrituras.
—¿Tienes fotografías de los documentos que sacaron de la casa?
—Sí. Algunas están en mi computadora del trabajo.
—Perfecto. Haz una copia de seguridad. Y vamos a comprobar si existe alguna gestión relacionada con la propiedad que no hayas autorizado.
Aquella tarde pedimos información registral actualizada y revisamos la documentación disponible.
La propiedad seguía inscrita a mi nombre.
No había ninguna compraventa registrada.
Tampoco apareció una transferencia de dominio.
Pero la posibilidad de que Héctor hubiera intentado negociar algo sobre una casa que no le pertenecía me revolvía el estómago.