Héctor había dejado de sonreír.
—¿Con quién estás hablando? —preguntó.
—Con alguien que sí revisa los papeles antes de tomar decisiones.
La abogada me pidió que le enviara las fotografías de mis pertenencias, los mensajes que tuviera y cualquier prueba de que me habían negado el acceso.
Lo hice allí mismo.
Después me pidió que fuera a su despacho a primera hora del día siguiente.
—Daniel —añadió antes de colgar—, no firmes nada que te entregue Héctor y no aceptes acuerdos bajo presión. Vamos a actuar conforme a la ley.
—Entendido.
Guardé el teléfono.
Héctor cruzó los brazos.
—¿Ya terminaste tu espectáculo?
—Por hoy, sí.
Me agaché, levanté una caja con mis documentos personales y caminé hacia la puerta.
Antes de salir, miré a mi madre una última vez.
—Te di un hogar cuando no tenías dónde dormir. Nunca te pedí que me pagaras por eso. Lo único que esperaba era que no permitieras que alguien me tratara como un intruso en mi propia casa.