Esa noche, antes de dormir, cerré la puerta principal y dejé las llaves sobre la mesa.
Las mismas llaves que Héctor había sostenido frente a mí mientras me ordenaba marcharme.
Sonreí.
No porque él hubiera perdido.
Sino porque yo había dejado de vivir con miedo a perderlo todo si alguien se enfadaba conmigo.
Y mientras apagaba la luz, pensé en una frase que habría querido decirle aquella primera noche, cuando me señaló la puerta:
Puedes quitarme temporalmente un lugar donde dormir, pero no puedes quitarme los años de trabajo que me enseñaron a construir un hogar.
FIN.