Había vivido allí durante años, pero los últimos meses habían convertido cada habitación en un recuerdo desagradable.
La sala me recordaba las discusiones con Héctor.
La cocina me recordaba a mi madre evitando mirarme.
El pasillo me recordaba las cajas que había arrastrado hasta la calle.
Pensé en vender la casa.
Incluso visité un par de propiedades más pequeñas.
Pero una mañana, mientras tomaba café junto a la ventana, comprendí algo.
Si me marchaba únicamente porque ellos habían convertido aquel lugar en un recuerdo doloroso, seguiría permitiendo que sus decisiones determinaran mi vida.
Así que decidí quedarme.
Pinté la sala de un color más claro.
Cambié las lámparas que Héctor había instalado.
Compré una mesa de comedor de madera y coloqué mis libros en las repisas que yo mismo construí.
En el patio sembré un pequeño limonero.