Y Héctor finalmente tuvo que aceptar que un matrimonio no podía convertirlo en dueño de algo que otra persona había comprado.
El día de la entrega, llegué a la casa con Mariana y un testigo.
Héctor estaba en la entrada, sosteniendo una caja.
Me miró con resentimiento.
—¿Contento?
Lo pensé un momento.
—No.
Él pareció sorprendido.
—¿Entonces qué querías conseguir con todo esto?
Miré la puerta, el pequeño jardín y la ventana de la cocina.
—Recuperar lo que es mío. Y dejar de vivir como si tuviera que pedirte permiso para existir.
Héctor apretó la mandíbula.
Después sacó las llaves.
Las dejó sobre una mesa.
Ese sonido metálico fue pequeño.
Pero para mí significó más que cualquier discurso.
La casa volvía a estar bajo mi control, conforme a lo acordado y documentado.
No porque hubiera gritado más fuerte.