Cerré los ojos.
Por fin.
No porque quisiera ver a Héctor humillado.
Sino porque estaba cansado de vivir como un visitante en una casa que había comprado con mis propias manos.
—¿Y mi madre?
—Ella está considerando sus opciones. No tenemos que resolver su situación matrimonial para resolver tu reclamación sobre la propiedad.
Asentí, aunque Mariana no podía verme.
—Quiero recuperar mi casa. Después, cada uno decidirá qué hacer con su vida.
—Me parece una posición clara. Vamos a dejarlo todo por escrito.
La entrega se fijó para la semana siguiente, con la intervención de los abogados y un inventario de las pertenencias de cada parte.
No hubo policías derribando puertas.
No hubo un juez apareciendo de repente con una sentencia milagrosa.
Hubo documentos, conversaciones incómodas y un proceso que exigió paciencia.
Pero la propiedad seguía siendo mía.