—¿Y los firmaste?
Leticia asintió.
—Algunos. No todos. Había uno que no entendí y le pedí que me lo explicara. Se molestó. Me dijo que yo nunca confiaba en él.
—¿Qué decía?
—No lo sé. No me dejó una copia.
Me levanté de la silla.
—Mamá, ¿por qué no me dijiste nada?
—Porque me daba vergüenza.
—¿Vergüenza de qué?
—De que pensaras que me había equivocado otra vez. De que me dijeras que él solo quería aprovecharse de mí.
Me quedé mirándola.
Aquella frase contenía una verdad que ninguno de los dos quería pronunciar.
Yo había desconfiado de Héctor desde el primer día.
Pero había guardado silencio porque quería que mi madre fuera feliz.
Y ella había guardado silencio porque temía que yo tuviera razón.
—¿Qué tiene que ver eso con mi casa? —pregunté.