No avisó.
Cuando abrí la puerta, la encontré con el rostro hinchado y una bolsa de tela colgada del hombro.
—¿Puedo pasar?
Me aparté para dejarla entrar.
Se sentó en una silla, miró el lugar y comenzó a llorar.
—No puedo creer que estés viviendo así.
Sentí una mezcla de tristeza y rabia.
—Mamá, no estoy viviendo así porque no tenga dinero. Estoy aquí porque ustedes sacaron mis cosas de mi casa.
Ella se cubrió la cara.
—Lo sé.
Por primera vez, no intentó justificarlo.
Se quedó llorando durante un rato. Después sacó de su bolsa una pequeña libreta de tapas negras.
—Necesito contarte algo.
La puso sobre la mesa.
—Héctor me pidió que firmara unos papeles antes de la boda.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué papeles?
—Me dijo que eran documentos para organizar nuestras finanzas. Que, como íbamos a casarnos, necesitábamos dejar claro cómo íbamos a administrar los gastos.