—¿Cuánto dinero?
—No me dijo.
Le envié las escrituras y algunos comprobantes de la hipoteca.
Una hora después, mi tía volvió a llamarme.
—Dios mío, Daniel. Tu nombre está en todo.
—Porque yo compré la casa.
—¿Y tu madre lo sabía?
—Desde el primer día.
Mi tía suspiró.
—Voy a hablar con ella.
Esa noche, Héctor borró la publicación.
Pero el daño ya estaba hecho.
Al intentar presentarme como un hijo ingrato, había conseguido que más personas empezaran a preguntar por qué la casa no estaba a su nombre.
Y cuando la gente empezó a hacer preguntas, mi madre se vio obligada a recordar una conversación que había intentado olvidar.
Una conversación que terminaría cambiándolo todo.
6. La confesión de mi madre
El domingo por la tarde, Leticia apareció en el pequeño departamento donde me estaba quedando.