—Aquí. Pero ya no las necesitas.
Extendió la mano como si yo fuera un empleado al que acababan de despedir.
—Toma tus cosas y vete en paz.
Miré a mi madre.
Leticia estaba junto a las escaleras, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía los ojos rojos, pero no lloraba.
—Mamá —dije—, ¿tú sabías que iba a hacer esto?
Ella desvió la mirada.
Ese pequeño movimiento me dolió más que cualquier respuesta.
—Héctor y yo hablamos durante la luna de miel —murmuró—. Pensamos que sería mejor que tuvieras tu propio espacio. Ya eres un adulto.
Me quedé helado.
—¿Mi propio espacio? ¿En una bodega?
—No exageres —intervino Héctor—. Tus cosas están seguras.
Entonces comprendí que no había sido una discusión improvisada.
Lo habían planeado.
Mientras yo trabajaba, pagaba mis impuestos y cumplía con la hipoteca, ellos habían organizado mi expulsión como quien prepara una mudanza.