—Lo sé, hijo.
—Entonces, ¿por qué no me defendiste?
La respuesta llegó en un susurro.
—Tenía miedo de perderlo.
Aquellas palabras me dejaron sin aire.
Mi madre había tenido miedo de perder a un hombre al que conocía desde hacía unos meses.
Y, para no perderlo, había aceptado que yo perdiera mi hogar.
No le grité.
No la insulté.
Solo le dije:
—Yo también tenía miedo de perderte, mamá. Por eso te abrí la puerta cuando no tenías dónde ir.
Después colgué.
Y lloré durante varios minutos.
No por la casa.
Por la madre que había creído conocer.
4. El documento escondido en el cajón
Una semana después, Mariana recibió una llamada de la administración de la bodega donde estaban guardadas mis cosas.
La empresa necesitaba verificar mi identidad porque alguien había solicitado información sobre el contenido de la unidad de almacenamiento.