Me incorporé en la silla.
—¿Qué?
—Me dijo que tú habías aceptado mudarte. Que querías vivir solo y que le habías dicho que podíamos reorganizar la casa.
Sentí que la rabia me subía por el cuello.
—Eso es mentira. Nunca hablé con él de eso.
—Yo… yo le creí.
—¿Y por eso no me llamaste? ¿Por eso no me preguntaste?
Mi madre comenzó a llorar.
—Estábamos en la luna de miel. Me dijo que no quería que tuviéramos problemas contigo. Que tú ya eras independiente y que necesitabas tu espacio.
—¿Y te pareció normal que mis cosas terminaran en una bodega?
No contestó.
Escuché su respiración entrecortada.
—Daniel, él me dijo que la casa sería nuestra después de casarnos.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué significa que sería de ustedes?
—Que íbamos a hacer una vida juntos. Que yo merecía tener algo propio después de tantos años sola.