Brayan asintió muy despacio.
Por primera vez, no intentó discutir.
Valeria abrió la puerta.
Su madre corrió detrás de ella.
—¡Valeria, espera! ¡No te vayas así!
Ella se volvió.
Estela estaba llorando.
—Yo soy tu madre.
—Lo sé.
—¿Ya no me quieres?
Aquella pregunta era la más difícil de todas.
Porque Valeria sí la quería.
La quería a pesar de los gritos, de la culpa y de todas las veces que había tenido que tragarse las lágrimas para evitar una discusión.
Pero ahora comprendía algo que nadie le había enseñado.
Querer a alguien no significaba entregarle las llaves de tu vida.
—Te quiero, mamá —respondió—. Pero no voy a seguir demostrártelo destruyéndome para mantenerte cómoda.
Estela se quedó inmóvil.
Valeria salió.
Esta vez, nadie le gritó que no regresara.
Seis meses después
La vida de Valeria no se convirtió en un cuento de hadas al día siguiente.