Me aparecían moretones en las piernas sin recordar cómo me los había hecho. A veces me sangraban las encías. Dejé de tener energía para jugar al baloncesto con mis amigas y empecé a quedarme dormida durante las clases.
Mi madre decía que estaba creciendo demasiado rápido.
Mi padre afirmaba que pasaba demasiado tiempo frente a las pantallas.
Allison, que entonces tenía dieciséis años, estaba preparando sus solicitudes para varias universidades prestigiosas.
En nuestra casa, todo giraba alrededor de ella.
Sus calificaciones.
Sus actividades extracurriculares.
Sus entrevistas.
Su futuro.
Yo no estaba celosa de mi hermana. La quería.
Pero había aprendido que, para recibir atención, tenía que necesitar muy poco.
Si me dolía algo, esperaba.
Si estaba triste, me encerraba en mi habitación.
Si necesitaba ayuda con los deberes, intentaba resolverlos sola.
Pensaba que ser una buena hija significaba no causar problemas.